Epílogo.

Literatura apareció muerta una mañana.
Werther se suicidó, Gregorio Samsa falleció de pena,
Anna Karenina se lanzó a las vías del tren y Gatsby recibió un tiro.
Burroughs se enganchó a la heroína,
Salinger se retiró a una pequeña casa alejada de las grandes ciudades,
a Bukowski le diagnosticaron leucemia.
Y a nosotros, sus hijos, nos dejó de herencia palabras vacías y versos descompuestos.

Abismo.

No estamos aquí para ser cobardes, para rendirnos. Nos avisaron de que no sería fácil, de que caeríamos al pozo más veces de las que saldríamos. Yo sería tu escalera, tu cuerda, tu brazo. El impulso necesario para que le dieran a todo y sellaran el pozo cuando salieras. Yo sería quien bajaría en tu puesto cuando tus demonios te incitaran a saltar. Yo sería quien ascendería a tus infiernos para combatirlos. Para acabar con ellos. Qué más da la duración de un abrazo, la humedad de un beso o lo que brille una sonrisa, si no son tuyos. Hemos venido a apostar y no nos iremos con las manos vacías. No volveremos solos a casa, pensando en la maldita jugada que ignoramos cuando nos miramos a los ojos. Cuando nos comimos con la mirada. No dejaré que te ahogues en una lágrima, si tú apagas el fuego que arde en mi cabeza. Estoy aquí para salvarte de ti, de mí, de nosotros. De los pasos en falso. Yo seré tu paracaídas, pequeño salvavidas. Prometo no fallar esta vez.

Equilibristas.

Recorrían la cuerda floja, ignorando que un paso en falso sería fatídico.
Avanzaron cada uno desde sus respectivos extremos. Un paso. Luego otro. Él se tambaleó, pero continuó por ella.
Él, con un sombrero de inseguridades. Ella, con una mochila de dudas. Pero ambos con dos corazones repletos de ganas. De vida.
Y aquel hilo que los separaba.
Otro paso. Otro más. Un golpe seco. Un río. El último suspiro. El verso que destroza el poema.
Los dos unidos al fin. Desde las miradas de los espectadores, sólo huesos. Pero ellos se sentían realmente vivos.

Insurrección

Ahí estaba, esperando la respuesta, esperando el momento en el que gritar. El momento en el que todo comenzaría, y yo, incauta, avanzaría hasta alcanzar el punto más alto de aquella montaña, de aquel desastre natural que se iba a cernir sobre todos nosotros. No se trataba de salvarnos, de crear algo imposible, histórico, real. Era algo diferente, mágico. Asustaba, pues claro que lo hacía. Nada era lo mismo, pero nada había cambiado. Como una catarsis, un estallido bestial que surgía de las entrañas. El caos se había convertido en el orden, era hermoso, nuevo, fresco. El odio se amaba a sí mismo, el placer causaba dolor. Todo estaba patas arriba y eso nos volvía más cuerdos. Y los cuerdos eran los nuevos locos. Sólo había hambre, sólo había sed. De destruirlo todo. Porque aquella era la única forma de construir algo verdadero. El huracán se convirtió en el arquitecto. Nunca imaginamos que lo bonito era la ceniza. Lo necesario. Nadie pensó la posibilidad de que el rugido fuera el silencio. Y así fue. Los actores se volvieron el público, pero esta vez los aplausos los hacíamos nosotros. El fuego empezó a quemar cuando lo apagamos y nos ahogábamos cuando nos sumergíamos en el agua. Los que encarcelaban eran los nuevos presos. Y, una vez todo se había desmoronado, las ruinas se convirtieron en nuestro hogar.

19:47

Corría, precipitándose calle abajo, sin temer a la caída.

Un grupo de niños le observaban, desde la distancia, sin prestar importancia a su carrera.

Una pareja de adolescentes que tallaban sus nombres y su amor en la corteza de un árbol, apenas se percataron de su paso, pensaban que sería para siempre.

Una madre soltera llevaba a sus hijos al colegio para luego ir a toda prisa a la oficina, donde trabajaría para asegurarle a sus descendientes una vida digna con trabajo a jornada completa, en el cual no tendrían tiempo para gastar el sueldo. Miraba ansiosa a nuestro corredor, anhelaba su victoria.

Un hombre que discutía con su mujer mientras bebía el café antes de ir a trabajar por última vez antes de su jubilación, suspiró cuando le vio pasar tan cerca.

Dos ancianos se lamentaban y maldecían al ver el cuerpo inerte de su compañero. Conocían mejor que nadie la velocidad del atleta.

Muchos ignoraban el trayecto, pero cuando vieron la voracidad con la que consumía, todos prestaron atención cuando llegó hasta la meta y nos volvimos polvo a sus pies.

Una jodida locura.

Avanzaron, piel con piel, corazón con corazón, por la estrecha y fina cueva que les resguardaba. Nada ni nadie podía verles, estaban a salvo del dolor, de la sed de sangre, del mundo real. Estaba él, y estaba ella. Solos. Estaban ambos.
Entre arañazos, suspiros y emoción.
La bestia comenzaba a poseerles. Lejos de asustarse, la recibieron con amor y ganas. Como si la esperaran, como un deseo.
El silencio fue callado con un grito, el frío menguó, y la oscuridad ya había abandonado estas tiernas almas, ahora contaminadas por aquel ente.
Ella gritó, y él la calló entre susurros y caricias. Lágrimas, sonrisas, gemidos. Dolor y placer.
Y la brutal bestia, conmovida y orgullosa, se marchó en el acto final.
Abrazados y exhaustos, salieron de allí, volvieron en sí y chocaron los labios.
Nunca un beso supo tan dulce.