Insurrección

Ahí estaba, esperando la respuesta, esperando el momento en el que gritar. El momento en el que todo comenzaría, y yo, incauta, avanzaría hasta alcanzar el punto más alto de aquella montaña, de aquel desastre natural que se iba a cernir sobre todos nosotros. No se trataba de salvarnos, de crear algo imposible, histórico, real. Era algo diferente, mágico. Asustaba, pues claro que lo hacía. Nada era lo mismo, pero nada había cambiado. Como una catarsis, un estallido bestial que surgía de las entrañas. El caos se había convertido en el orden, era hermoso, nuevo, fresco. El odio se amaba a sí mismo, el placer causaba dolor. Todo estaba patas arriba y eso nos volvía más cuerdos. Y los cuerdos eran los nuevos locos. Sólo había hambre, sólo había sed. De destruirlo todo. Porque aquella era la única forma de construir algo verdadero. El huracán se convirtió en el arquitecto. Nunca imaginamos que lo bonito era la ceniza. Lo necesario. Nadie pensó la posibilidad de que el rugido fuera el silencio. Y así fue. Los actores se volvieron el público, pero esta vez los aplausos los hacíamos nosotros. El fuego empezó a quemar cuando lo apagamos y nos ahogábamos cuando nos sumergíamos en el agua. Los que encarcelaban eran los nuevos presos. Y, una vez todo se había desmoronado, las ruinas se convirtieron en nuestro hogar.

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