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Corría, precipitándose calle abajo, sin temer a la caída.

Un grupo de niños le observaban, desde la distancia, sin prestar importancia a su carrera.

Una pareja de adolescentes que tallaban sus nombres y su amor en la corteza de un árbol, apenas se percataron de su paso, pensaban que sería para siempre.

Una madre soltera llevaba a sus hijos al colegio para luego ir a toda prisa a la oficina, donde trabajaría para asegurarle a sus descendientes una vida digna con trabajo a jornada completa, en el cual no tendrían tiempo para gastar el sueldo. Miraba ansiosa a nuestro corredor, anhelaba su victoria.

Un hombre que discutía con su mujer mientras bebía el café antes de ir a trabajar por última vez antes de su jubilación, suspiró cuando le vio pasar tan cerca.

Dos ancianos se lamentaban y maldecían al ver el cuerpo inerte de su compañero. Conocían mejor que nadie la velocidad del atleta.

Muchos ignoraban el trayecto, pero cuando vieron la voracidad con la que consumía, todos prestaron atención cuando llegó hasta la meta y nos volvimos polvo a sus pies.

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