Una jodida locura.

Avanzaron, piel con piel, corazón con corazón, por la estrecha y fina cueva que les resguardaba. Nada ni nadie podía verles, estaban a salvo del dolor, de la sed de sangre, del mundo real. Estaba él, y estaba ella. Solos. Estaban ambos.
Entre arañazos, suspiros y emoción.
La bestia comenzaba a poseerles. Lejos de asustarse, la recibieron con amor y ganas. Como si la esperaran, como un deseo.
El silencio fue callado con un grito, el frío menguó, y la oscuridad ya había abandonado estas tiernas almas, ahora contaminadas por aquel ente.
Ella gritó, y él la calló entre susurros y caricias. Lágrimas, sonrisas, gemidos. Dolor y placer.
Y la brutal bestia, conmovida y orgullosa, se marchó en el acto final.
Abrazados y exhaustos, salieron de allí, volvieron en sí y chocaron los labios.
Nunca un beso supo tan dulce.

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