Nadie, excepto nosotros

Con la fluidez de un manantial, las palabras se escapaban, entre susurros, por la boca de los amantes que, sin previo aviso, se miraban ensimismados al son de una melodía de piano, que había roto con el silencio del amor que juntos decían, sin hablar, de manera apocalíptica.

El reloj se había detenido y el tiempo avanzaba precavido entre ambos cuerpos, atrapándolos como una enredadera. Ninguno de los dos se percató del caos que causaban con su roce de piel. Cientos de ojos cansados se cerraban para no ver el desastre de dos enamorados que rompían con el espacio, la vía láctea y el puto universo. Pedazos. Destrozos. El derrumbamiento se cernía sobre el uno y el otro. Habían perdido la batalla contra sus propias pulsaciones. La fiebre que causaba su amor, envidiosa, cortaba los hilos de esperanza que unían sus muñecas y los dos cayeron al vacío, a la oscuridad, al abandono mutuo, a la desesperación. Nadie se ha atrevido a amarse así desde entonces. Nadie.